J.A.
Fortea

 

Biografia

José Antonio Fortea Cucurull (Barbastro, España, 1968) es sacerdote y teólogo especializado en demonología. Cursó sus estudios de Teología para el sacerdocio en la Universidad de Navarra. Se licenció en la especialidad de Historia de la Iglesia en la Facultad de Teología de Comillas. Pertenece al presbiterio de la diócesis de Alcalá de Henares (Madrid). En 1998 defendió su tesis de licenciatura "El exorcismo en la época actual" dirigida por el secretario de la Comisión para la Doctrina de la Fe de la Conferencia Episcopal Española. Hasta ahora el año 2009 ha compaginado su trabajo como teólogo con su labor como párroco.

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Para contactar con el padre Fortea, pueden enviarle un correo electronico a la siguiente dirección: alcalahen33@yahoo.es o en el teléfono:  630 52 31 51 (si llama desde fuera de España marque antes el prefijo +34).

 

Fotos

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El Exorcista Afable
por Lorenzo Silva

Una Semblanza del P. Fortea.
 

Se declara fanático de Los Simpson, y en cierto modo, pese a su ensotanada figura y su grave función, comparte con el incorregible Bart una especie de contumaz travesura que traspasa todo cuanto dice, aunque a la vez cuanto dice venga impregnado por el óleo indeleble de la fe. Le fascinan Blade Runner (para él, la mejor parábola del confuso mundo que se avecina), Bach ("ante él caigo de rodillas, aunque fuera protestante") y Tomás de Aquino (al que califica de filósofo superior, "cuya lectura impide tomarse en serio a gente como Heidegger").

Arrastra con aparente resignación, y sólo a medias disimulada coquetería, la etiqueta de exorcista mayor de España que le ha caído desde que publicara un libro sobre la materia y la prensa se empezara a ocupar de él. Proclama que su verdadera pasión es la escritura, y no los demonios ni los exorcismos. De hecho, guarda en el cajón no menos de siete novelas y varias decenas de relatos, insiste una y otra vez en que lo mejor de su libro es el apéndice sobre el mal (en el que nadie parece reparar, porque se aparta del tema de marras) y dice que está deseoso de que pronto haya otros tres o cuatro sacerdotes especializados en expulsar demonios para poder alejarse de esa labor que asume "sólo por amor a Dios y al prójimo".

Asegura que ser exorcista no es nada singular y que él no hace nada que no pueda hacer cualquier sacerdote, con la autorización de su obispo. Y aclara que su "especialización" no resulta demasiado "rentable" desde el punto de vista eclesiástico. Asume que puede estar jugándose su carrera, porque el asunto de la posesión diabólica y la lucha contra ella es un tabú dentro de la propia Iglesia, del que muchos obispos y teólogos ni quieren oír hablar. Cuando preparó su tesis sobre demonología, que serviría de base al libro que le ha hecho conocido, el teólogo que se avino a dirigirla (no sobraban los candidatos) le advirtió que se anduviera con cuidado, que todo el mundo (es decir, todos los teólogos) se iba a lanzar a degüello contra lo que hiciera. Por eso recorrió el mundo, asistió a catorce exorcismos y se pasó un mes encerrado en la biblioteca del Congreso, en Washington, empapándose de todo lo que habían escrito los detractores y escépticos sobre la materia. Resulta notorio que le complace, pese a todo, dedicarse a algo que suscita un generalizado rechazo. Le atrae el desafío de ir contra corriente, y se muestra crítico con los obispos que, por miedo o recelo, no atienden las demandas de quienes se sospechan víctimas de una posesión. Porque el exorcismo, recuerda, es un derecho de los fieles, y porque se puede estar abocando al psiquiátrico a personas que podrían, asevera, verse liberadas de sus males tan sólo mediante la oración.

Este hombre, nacido hace 33 años en Barbastro, afirma que fue casi ateo hasta bien entrada la adolescencia. Su familia no era religiosa, lo único que le oyó a su padre en toda su vida acerca de religión fue un comentario anticlerical, y él veía la historia sagrada como la mitología griega, aunque ésta le atraía más. Pero allá por los diecisiete años, de pronto, comprendió "que era un pecador y que la Iglesia era verdadera". Que si parecía anacrónica era porque constituía el reducto de la verdad, que el mundo se había movido pero la Iglesia había permanecido en su sitio. No tuvo visiones, no sintió de entrada la vocación sacerdotal, sólo la fe. Fue un poco más adelante cuando se preguntó si Dios no querría que él se consagrara a servirle. Y reconoce que se lo preguntó con horror. Su ideal era de lo más convencional: "tener una esposa rubia, hijos, una casa." Sufrió mucho, hasta que un sacerdote le aconsejó ir al seminario y probar. Desde que se incorporó allí, y sobre todo, desde el momento que comprendió y aceptó que ése era su destino, "la angustia dejó paso a una enorme felicidad". Porque entendió que su sacrificio tendría recompensa, que Dios le tenía reservado el ciento por uno.

Se confiesa deudor de la formación teológica recibida en la Universidad de Navarra, "donde se enseña a usar la razón y el rigor y no los confusos y vagos mensajes sobre el amor a que se reduce todo en otros sitios". Por venir de allí ha tenido que soportar, frente a sus compañeros sacerdotes, el sambenito de ser del Opus Dei, del que sin embargo se afana en distanciarse: para él el dogma católico es claro, sencillo y contundente. Y fuera de él hay que dejar libertad y no crear cadenas añadidas. Por eso mismo, dice, ha chocado en alguna ocasión con partidarios de la teología de la Liberación que intentaron imponerle sus tesis. "También existe", sostiene, "un fanatismo y un despotismo ejercido en nombre de la libertad".

Adora Estados Unidos, hasta el extremo de que se planteó ir a vivir allí, con la "ingenua intención" de ayudar a "evangelizar el Imperio". Pero no lo hizo por no dejar sola a su madre viuda, a la que, cosas de la vida, casó él mismo en segundas nupcias poco tiempo después. Es hijo único y estaba llamado a ser el heredero de los negocios familiares, hasta que su vocación se atravesó en el camino. Gracias al dinero de la familia disfruta de una vivienda confortable, con un salón amueblado como un templo, por la que pide perdón y cuya fuente de financiación se apresura a aclarar.

Le apasionan la pintura (por ejemplo, Norman Rockwell) y la arquitectura. Hace miniaturas en pergamino y diseña visionarias catedrales, en las que las torres y los muros, en lugar de limitarse a adornar, albergarían viviendas para contribuir a costearlas. En una pared destacada de su casa, cuidadosamente enmarcado, cuelga un peculiar autorretrato. Lo muestra con una maliciosa sonrisa, y acto seguido se afea su pecado de vanidad. Al menos, la falta viene acompañada de la conciencia de cometerla.

Lo he visto luchar contra su Enemigo. Tiene un vídeo grabado. Lo enseña quizá para mover a duda al incrédulo, quizá para impresionar al visitante. La escena es potente. Un poseso en trance, agitándose y gritando todo tipo de blasfemias con voz horrenda. Y el exorcista, tranquilo, rezando sus latines y conminando también en latín al demonio a que diga cómo entró y a salir del infortunado. Sólo es eso, oración, durante unas cuantas horas. No más de tres por sesión. "Si a las tres horas no sale, hay que dejarlo para otro día". Asegura haber tratado y liberado a cuatro posesos. Mucha más gente ha acudido a él, pero a la inmensa mayoría los manda a la Seguridad Social, insinuándoles con delicadeza que sufren algún trastorno. No se lo diagnostica al tuntún: en los estantes de su casa está el DSM, la "biblia" de la asociación norteamericana de Psiquiatría, el más solvente repertorio descriptivo de enfermedades mentales.

Es un hombre afable, inteligente, culto, abierto al debate. No tiene empacho en reconocer errores de la Iglesia ni en declararse admirador de Coppola ("en especial, El Padrino III"). Puede admitir incluso desatinos de las Escrituras, aunque defiende el reducto del dogma. Viste con rigurosa sotana o clergyman, y alguna vez ha oído a alguna chica con la que iba a cruzarse decir a sus amigas "cámbiate de acera, que me da miedo"; pero lo hace porque cree que ésa es la imagen que mejor se corresponde con lo que es, la que asimiló a través de un sacerdote que fue ejemplo para él. En su parroquia, puntualiza, anima a la gente a ir a misa vestida como le dé la gana.

¿Miedo? No lo tiene, dice, y parece sincero. Una vez se le rompió misteriosamente la caja de cambios del coche, una noche se le encendió sola la luz del cuarto, y recibe con frecuencia llamadas sospechosas. Bueno. El coche lo llevó a arreglar, la luz la apagó y siguió durmiendo, y el teléfono lo cuelga mientras dice, resignado: "Otra de esas llamadas". Pero su impavidez, según él, no tiene mérito. Le asiste la fe, y el demonio, explica, sólo posee a quienes se lo ponen fácil. "Tiene muy poco poder, lo único que puede hacer es tentar. Y yo sé que con Dios siempre se le vence, aunque a veces cueste". Está convencido y todo lo razona. Quién le va a asustar así.

 

Pergaminos

Una de las aficiones del P. Fortea es la caligrafía artística, unos trabajos a medio camino entre lo medieval y lo abstracto. He aquí unos ejemplos:

 

Entrevista al P. Fortea
Año 2.003
 

Nos entrevistamos en la casa del reverendo José Antonio Fortea. El entorno de este coloquio es su salón, que es un salón a medio camino entre lo medieval y lo renacentista. Está en el centro de Alcalá de Henares (Madrid) y, no obstante, a pesar de estar situado en medio de un piso de viviendas, parece un pedazo de monasterio. Su gusto por el arte es evidente, los libros parecen llenarlo todo, relojes de arena, su atril... Me dispongo a comenzar las preguntas. Nos sentamos en los cómodos sillones granate de su salón de estar.
Tengo delante a una persona vestida de sotana que es sacerdote, párroco, arcipreste, teólogo, licenciado en Historia de la Iglesia, demonólogo, latinista y escritor de varios libros.

-Lo primero de todo quiero preguntarle, ¿por qué se hizo sacerdote?
-Pues mire le voy a ser franco, no me hacía ninguna gracia el sacerdocio. O mejor dicho, el ser sacerdote. Si otros querían serlo, allá ellos. Pero yo me quería casar, tener hijos, disfrutar de la vida, vivir bien y ganar todo el dinero posible.

-No veo que tuviera un sentimento muy solidario de la vida.
-Para nada, efectivamente, era un epicureo. Mi padre, que en paz descanse, era empresario y yo quería continuar la tradición de la familia. Como abogado.

-¿Qué sucedió, pues?
-Entonces vino Dios y me puso en la mente la idea de que quizá me estaba llamando El para el sacerdocio. La idea no me hizo ninguna gracia, pero al final tampoco era cuestión de decir que no a Dios. Después de darle bastantes vueltas pensé que si era mucho a lo que renunciaba, mucho más sería lo que Dios me daría.

-¿Y el amor al prójimo?
-Ya le he dicho, en esos momentos era yo un adolescente muy egoista. Después en el seminario todo cambió, o mejor dicho: cambié yo. Descubrí el amor a Dios, el amor al prójimo. El seminario fue para mí una escuela espiritual.

-¿Dónde estudió Teología?
-En la Universidad de Navarra.

-¿Pertenece al Opus Dei?
-No, nunca lo he sido. Simplemente fuí a Pamplona porque me caía cerca. Yo soy de Barbastro.

-¿Del mismo lugar donde nació el fundador del Opus Dei?
-Del mismo lugar. Un lugar lleno de nieblas, junto al rio Vero y con una catedral gótica.

-¿Usted es hijo único y por tanto heredero de la empresa de su padre?
-Sí.

-¿Se lo tomó bien su madre?
-Le afectó muchísimo.

-¿Pero siguió adelante?
-Si cada vez que algo afecta a alguien tuviera que parar, no podría hacer nada; ni un sermón,

-¿Trata de afectar a muchos con sus sermones?
-Mire, los sermones no son para agradar. Si son contundentes, yo creo que son mejores. Y eso que yo soy un doctor melifluus. Pero a veces los mejores sermones son los que afectan a más gente. Cuando uno ha de dar un sermón hay que olvidarse de los feligreses, se dice lo que hay que decir, caiga quien caiga, guste o no guste

-¿Se confiesa usted?
-Cada semana. También los sacerdotes nos confesamos. Hasta el Papa se confiesa.

-¿El, el Papa, se confesará con un obispo?
-No, con cualquier sacerdote.

-¿Cómo se imagina a Dios?
-En mi oración personal me gusta imaginarmelo como Rey. Como en los tímpanos de los pórticos de las catedrales medievales: lleno de majestad, como Señor, terrible y omnipotente.

-¿Y el amor?
-Cuando uno piensa que ese Dios Infinito se ha hecho hombre y nos ha amado como un hermano, entonces se valora más ese amor. Se valora más el amor de Dios si uno no olvida que Dios es Dios.


-Después de Pamplona, estudió en Comillas, Historia...
-En realidad estudié la licenciatura de Teología en la especialidad de Historia de la Iglesia.

-¿En qué se diferencia de la carrera de Historia?
-Un estudiante de Historia estudia toda la Historia. En mi caso sólo me dediqué a estudiar la Historia de la Iglesia.

-Si tuviera que sintetizar en una frase la conclusión de esos años de estudio de la Historia de la Iglesia ¿cuál sería?
-Pues... que la Iglesia ha sido lo que ha sido, no lo que la gente cree que ha sido.

-¿No cree que especialmente en el caso de la Iglesia su historia es muy opinable?
-Los hechos no son opinables. La Historia es una ciencia, no un grupo de contertulios que se sientan a charlar un rato. El que no sabe puede afirmar lo que quiera. Pero hoy día sabemos el queso y el vino que producía una abadía francesa en el siglo XII. Sabemos lo que comía un padre de familia sueco en el XIV. Cómo eran las relaciones comerciales entre los puertos de la Liga Hanseática, cómo se construían los barcos, cuáles eran las leyes. El que no sabe nada hace fabulaciones. El historiador científico sabe que trabajando durante años sólo podrá especializarse en un pequeño campo de la Historia.

-Ya veo que usted no es de los que piensan que la Historia es del color con que se mira.
-Los juicios posteriores son los de cada uno, pero los hechos son objetivos. Primero hay que conocer los hechos, después se pueden realizar valoraciones. La Historia es una ciencia, las valoraciones de cada uno son subjetivas.

-¿Le parece que la Historia de la Iglesia es edificante?
-Dígame, qué cree que sucedería si Dios un buen día entrega un mensaje a la humanidad, para toda la Historia, y lo deja en manos de hombres. De unos hombres que son débiles, que caen en la ambición, en la soberbia, en el pecado. La Historia de la Iglesia no es más que la mera constatación de un mensaje sublime dejado en manos de humanos.

-¿Cómo ve la Iglesia en España actualmente?
-Es un hecho palpable que la Iglesia en España, como en toda Europa Occidental, retrocede. Europa se paganiza cada vez más. Lo que está pasando la Iglesia en este país no es un bache, se trata de una tendencia continuada que lleva ya muchos años y que se acelera cada vez más.

-¿O sea, que no es optimista?
-Ser optimista en esta situación sería como ser optimista cuando el la popa del Titanic comenzó a levantarse fuera del agua. De seguir esto así los cristianos en España seremos una minoría en dos generaciones. Pero bueno, si alguien quiere ser optimista que lo sea.

-¿No le acusarán de desmoralizar al personal?
-Yo hablo de números, las estadísticas no engañan. Los jóvenes de ahora serán la población del futuro. Cada nueva generación de jóvenes en esta país desde los años 60, se aleja más y más de la fe en Dios, en Cristo y por supuesto, de la fe en la Iglesia.

-Insisto, ¿no le acusarán de desmoralizar?
-Hay que ir con la verdad por delante.

-¿Y lucha por la Iglesia a pesar de pensar así?
-El triunfo de la Iglesia no es de este mundo. Luchamos por una victoria que está más allá de los tiempos. Nuestro Redentor nos ofreció cruces, no la victoria en el mundo, sino en la eternidad.

-¿Y cree que esto es irreversible?
-Bueno, quiero insistir en que yo hablo de España y Europa Occidental. La situación en Estados Unidos, por ejemplo, es muy distinta. Pero aquí lo que se ve es una tendencia muy acentuada. Por supuesto los hombres son libres y pueden cambiar de rumbo.

-¿Qué opina de los obispos?
-Los obispos españoles son buenos teólogos, verdaderos creyentes, íntegros y hombres carentes de ambición.

-Algún defecto tendrán, ¿no?
-Si tuvieran alguno, desde luego, no se lo diría a usted. Para mí son Padres. Padres, pastores, que gobiernan la Iglesia.

-¿Cuál es su música favorita?
-Me gusta mucho la música sinfónica contemporánea así como la música barroca. Berstein, Prokofiev, Gershwing están entre mis predilectos. Morricone, Adiemus, Danny Elfman también.

-¿Pero su favorito entre los favoritos?
-Sin duda Juan Sebastián Bach. Para mí la cumbre está en la Tocata y Fuga en re menor, después quizá colocaría los conciertos de Brandenburgo.

-¿Le gusta el cine?
-Soy un cinéfilo empedernido.

-¿Y de dónde saca tiempo?
-¿Acaso cree que estoy todo el día rezando el breviario? Soy un cura del siglo XXI. Cada día mientras ceno veo durante tres cuartos de hora una película. Sólo clásicos. Una película de esas emitidas a las tantas de la madrugada. Siempre estoy a la busca de los clásicos.

-¿Cuáles son sus películas favoritas?
-Blade Runner, Amadeus, Metrópolis, Ciudadano Kane, Becket, Un hombre para la eternidad, La Misión, El milagro de P. Tinto, Mars Attacks, 2001 La Odisea del Espacio, La Huella, El Octavo Día.

-¿Ve algún otro programa de televisión además de las películas?
-Cada día veo las noticias en la BBC. Pero fuera de eso sólo veo reportajes y Los Simpson.

-¡¿Le gustan Los Simpson?!
-Sí, sobre todo cuando el señor Burns dice: Excelente...

-¿Los recomienda?
-No, si tuviera hijos no les dejaría verlos. Siempre que sale la religión es para ridiculizarnos.

-¿Cuáles son sus novelas favoritas?
-Memorias de Adriano, El nombre de la Rosa. Italo Calvino con su maravillosa Si una noche de invierno un viajero... La Biblioteca de Babel y El Laberinto, ah, el siempre sublime Borges. Flaubert.

-Madame Bovary me imagino...
-Sí, me gustó mucho. Pero creo que de él es muy superior Las tentaciones de San Antonio. Un escrito de setenta páginas del que siempre dijo que era lo mejor que había escrito.

-¿Alguno español?
-El autor de La Regenta. Mejor que Flaubert incluso. Si hubiera sido frances o alemán, ahora sería conocido en todo el mundo. A veces no valoramos el producto patrio.
Ah, se me olvidaba, me gusta mucho Terenci Moix. Es un gran pecador, pero escribía divinamente. También me gusta Umbral, si no fuera por ese carácter endiablado. Me dedicó una columna, sabe. Cela fue supremo en tres o cuatro novelas, después no hizo más que repetirse. La última, Madera de Boj, no la pudimos acabar ni sus más fieles seguidores. Dígase lo mismo de Terenci Moix, si escribió la última de sus novelas, desde luego lo hizo con alguien cogiéndole la mano y guiándole mientras trazaba las letras.
Casi se me olvida, ¡Manuel de Prada! Soy uno de sus más fervientes adeptos. Y además éste, es una excelente persona, cosa rara entre los escritores. Pero a éste le veo poco futuro, siempre dice lo que piensa. No como los otros que siempre dicen lo que la gente quiere oir.

-¿Y el teatro?
-No me gusta nada, salvo que Holliwood decida hacer una película de la obra. Aunque me encontré hace unos días en la calle Serrano, aquí en Madrid, con Albert Boadella y su mujer. Estuvimos hablando en la acera casi un cuarto de hora. Esos días estaba leyendo por segunda vez sus Memorias de un bufón. Debió hacerle gracia a él, que no es muy clerical, tener un admirador entre el clero. Pero nosotros, el clero, valoramos las obras de los demás por lo que valen, no como nuestros adversarios.

-¿Tienen adversarios?
-Tendría, usted, que ir vestido de cura por la calle. La de cosas que nos dicen. Tengo una libretita donde apunto los insultos. A veces saco la pluma y digo: mira, este es nuevo.

-¿Cómo ve la situación política?
-Como buen cura no pienso decir ni una palabra sobre el tema.

-Pero tendrá su opinión.
-Sí, y me la guardo para mí.

-¿Cuáles son sus preferencias culinarias? ¿Le gustará un buen vino?
-Desafortunadamente yo ya soy de la generación de la Coca-cola. Cambio un vino de cien años por una coca-cola.

-Preferirá una hamburguesa entonces.
-Pues mire, prefiero el salmón ahumado. Ojalá me gustarán más las acelgas y las patatas.

-¿Cuáles son sus aficiones?
-Me encantan los pergaminos medievales. Y los hago. Es para mí un placer pasar horas ornamentando una letra inicial en lo alto de una columna. Trazar una figura gótica que se asoma a través de una letra capitular, entrelazar unas hojas de estilo céltico entre unas líneas de estilo carolingio... se trata de un deleite sublime. Y sobre ese estilo casi románico en el que el concepto se sobrepone a la plasmación realista. El arte románico hoy por hoy sigue siendo el culmen del arte abstracto.

-¿Practica algún deporte?
-Me temo que soy la personificación del antideporte. Eso sí, me gusta mucho andar. Con una buena conversación no me importa caminar durante horas, por el campo o por la ciudad. Cada día, después de comer, me doy un paseo de una hora.

-¿Y después de cenar qué hace?
-Juego una partida de ajedrez. Me conecto a la Red y juego, unas veces el contrincante es de Michigan, otro día es alemán. Tres veces me he encontrado incluso con algún iraní.

-¿Y juega bien?
-Eso deberían decirlo mis contrincantes.

-¿Y qué dicen sus contrincantes?
-En ajedrez, nunca he conocido a un adversario que tenga buen perder.

-Me imagino que sus pintores favoritos son Goya, Velazquez.
-Pues no, ninguno de ellos. Mis favoritos son Vermeer y Norman Rockwell.

-Tengo entendido que le gustan los graffitis.
-Pues sí. Para mí son una de las obras de arte contemporáneo más auténticas que existen. Una obra espontánea, por mero amor al arte. Muchas veces son obras conceptuales, rezuman un optimismo, una vitalidad que de ningún modo puede compararse a las obras infatuadas de los actuales artistas abstractos de museo. El arte más abstracto, más moderno, más innovador, no está en los museos sino bajo un puente o en la pared desconchada de un suburbio. Yo tengo una buena colección de fotografías de los mejores graffitis a la que tengo gran estima. Cada vez que voy a una ciudad del extranjero a dar una conferencia me gusta mucho pasear, y me fijo continuamente en los graffitis.

-Pero vamos, ¿no me va a decir que una mala firma en una pared es una obra de arte?
-Hay graffitis y graffitis. Hay firmas que son ensayos de un principiante, y murales que son verdaderas Sixtinas del siglo XXI. Los hay de un evidente mal gusto y que no valen nada. Pero a veces uno se encuentra la perla, el tesoro, sobre una pared. Y uno se para, sonríe y reconoce que allí ha pasado un artista.

-Pero afean muchos edificios.
-Bueno, son como el musgo. Crecen. Los graffitis crecen por todas partes, se expanden como la vida. ¿Afean las obras arquitectónicas? Pues no se. Digamos que los arquitectos del siglo XXI deben tener en cuenta los graffitis, como se tiene en cuenta la hiedra que crece en un castillo escocés.

-¿Le gusta el fútbol?
-Nunca he visto un partido de fútbol.

-Entonces no le pregunto a qué equipo pertenece.
-Suelo contestar que al Rayo Vaticano.

-¿Pero en serio que nunca ha visto ni un sólo partido de futbol por la televisión?
-Nunca. Entre ver una pelota rodar por un campo de cesped y ver Salvar al soldado Ryan, prefiero a Spielberg. El único partido que vería sería un partido en el que los integrantes de un equipo fueran cardenales y en el otro lado arzobispos de la Iglesia Anglicana.

-Tengo entendido que le gustan mucho las galletas.
-Si, pero no cualquier galleta. Sólo las de una clase. Unas muy grandes que tienen pepitas de chocolate y trocitos de avellana.

-No veo que sea usted un gran asceta. Más bien, vive como un príncipe del Renacimiento. Así le llamó otro periodista.
-Reconozco que no somos todo lo buenos que deberíamos.

-¿Y le gusta o preferiría ser de otra manera?
-Vivo como la misma joi de vivre que uno de aquellos hombres renacentistas. Pero dentro de mí hay un San Francisco que pugna por hacerse con el control.

-¿Querría decir algo para acabar?
-No sé, me temo que ya está todo dicho en el Evangelio. Quizá... que vayan a misa los domingos.