EL CONCEPTO DE LEY


José Antonio Fortea Cucurull

Yo soy la ley, esta frase cualquiera de nosotros la hemos escuchado repetidas veces en muchas películas. Da lo mismo si se trata de una conversación ambientada en la Unión Soviética de Doctor Zhivago, o un pueblo destartalado en medio del desierto del Oeste Americano. La frase pega bien tanto en la boca de un rey medieval como en la del jefe de la prisión turca de El expreso de medianoche. La frase supone siempre un climax, porque siempre es proferida por el Poder. Cuando el detentador de un Poder (sea éste provinciano o sea la cúspide la pirámide jerárquica) hace esa afirmación, entonces la conversación ha llegado al climax, a la cumbre, a su punto supremo, porque desde ese momento la conversación ha alcanzado su momento de mayor tensión dramática pero también a su final.

La afirmación yo soy la ley supone una contradicción interna. La misma frase afirma lo que en su misma afirmación niega. La ley nace precisamente para que no sea la voluntad de una persona la que se erija en criterio último de ordenación. La ley por tanto siempre tiene un carácter externo a aquel que detenta el Poder. La ley nace como el compromiso del Poder de que no sea algo subjetivo como la voluntad de cada momento la que se convierta en criterio de ordenamiento de las cosas. Por lo tanto la ley es algo externo, independiente del mismo que la generó o que la debe hacer cumplir. La ley obliga, por su misma naturaleza y esencia es un acto de obligación, un acto de autocompromiso del Poder. Por eso la afirmación yo soy la ley, supone desconocer el carácter externo del concepto ley. Supone de igual manera desconocer su mismo carácter de obligatoriedad. La ley obliga a todos en toda circunstancia. Obliga a todos los que contempla la ley, en todas las circunstancias recogidas en la ley. La ley somete a todos, la ley no se somete a nadie. Por eso la anteriormente dicha frase fanfarrona en la que uno suplanta a la ley, supone no saber que la ley es insuplantable. Sustituir a la ley escrita por la voluntad, supone recorrer a la inversa el camino que ha seguido la civilización y el desarrollo del entendimiento de cómo deben ser las cosas.

Podría parecer hoy día que nadie en su sano juicio pretende sustituir la lex por la voluntas. Craso error. Nadie pretende realizar esa sustitución de forma absoluta, pero sí que existe esa tentación de hacerlo cada vez que interese al Poder. La ley obliga, pero podemos hacer una segunda ley que sin privar de su poder a la primera, permita anular la obligación que emana la primera ley cada vez que le interese al Poder. Para privar de efectividad a una ley hay dos caminos: anular la ley, o crear una segunda ley que me permita hacer cesar la obligación de la primera ley cuando lo considere adecuado. Esto y no otra cosa son los indultos, determinados tipos de decretos, etc, etc.

Mantenemos externamente el aspecto y apariencia de lex, pero bajo ese aspecto externo se oculta de nuevo la voluntas. El que la ley fuera puesta por escrito por nuestros antepasados no fue un acto baladí. La ley aprobada y escrita en manos del legislador es una manifestación de su carácter externo, la lee el mismo que la emanó y sabe a lo que se comprometió. Y del compromiso nace una obligación. El problema viene cuando el que emanó la ley (y por tanto se comprometió) puede escribir una segunda ley que diga: yo me he comprometido, pero ese compromiso ha de entenderse según esta segunda ley que dice que cuando no quiera comprometerme no me comprometo.

Esto puede parecer un atentado a la razón, y lo es. ¿Pero qué otra cosa es por ejemplo un indulto? Puede alegarse que hay casos muy especiales en que sería un atentado contra la razón el aplicar la ley en toda su severidad. Pero no se dan cuenta los que defienden esa posición de que si se practica un agujero discreccional a la ley, después uno no puede quejarse de que por allí se escape la fuerza de la ley. Un indulto es un atentado contra la ley. Es un atentado recubierto de legalidad, pero no nos engañemos, es la voluntas cubierta de ropaje escrito. Cada indulto no es otra cosa que un atentado contra la ley. Pero el problema no radica en el número de indultos, el problema radica en el mero hecho de que se acepte la posibilidad del atentado contra el concepto de ley. Porque aceptada esa posibilidad, esa posibilidad será utilizada justo en el momento más desafortunado, en el más delicado, en el más contrario a la intención de aquellos que aprobaron la posibilidad del indulto. Pero no se podrán quejar, porque desde el momento en que sustituimos la formulación escrita y objetiva, por la intención y la decisión, desde ese momento hemos dejado los claros y objetivos senderos del Derecho escrito para internarnos en los de la política, la conveniencia financiera y la presión social.

Me he centrado en el caso de los indultos, por ser esta una figura de frecuente escándalo social. Gerald Ford consiguió el cargo habiendo pactado de antemano que concedería el indulto presidencial de Nixon, Clinton justo en la última semana de mandato se hartó de firmar indultos. Pero aunque el indulto tenga más repercusión en los medios, desafortunadamente la lex tiene muchas puertas de atrás. Esta dialéctica entre la lex y la voluntas es insuperable. Por más civilizada y racional que sea una sociedad siempre estará latente esta dialéctica. Y estará latente por una poderosa razón: la misma idea de fundamento de la ley que uno tenga. Si la base y fundamento de la ley es sólo la conveniencia, entonces no se me puede exigir la heroicidad. Es cierto que la ley busca la conveniencia de todos, pero una cosa es que eso sea su fin y otro el que sea su fundamento último. Pues cuando esa conveniencia de todos choque frontalmente con la mía, entonces si el único fundamento de la ley es ese yo no tengo por qué autoinmolarme a la conveniencia. En principio este razonamiento puede parecer egoista, pero es lógico. Si se lleva a su último extremo el argumento de la conveniencia como fundamento de la ley, la consecuencia evidente es que hay momento en que la ley dejaría de tener sentido para alguien en concreto.

Ahora bien, si el fundamento de la ley está en la consideración de que existe un orden objetivo e inmutable, entonces sí que se me pueden pedir de un modo lógico sacrificios personales más allá de mi conveniencia. Dicho de otro modo, considerar la conveniencia como el fundamento del Derecho supone no poder exigir de un modo absoluto a la voluntas que se pliegue a la lex. Normalmente esto no suele causar problemas porque la voluntas de los que delinquen no suele tener el Poder. Pero cuando la voluntas tiene el Poder entonces no debemos extrañarnos de que lleve a sus últimas consecuencias el argumento de conveniencia.

Dicho de otro modo, si todo al final es conveniencia en realidad diga lo que diga la ley, todo el ordenamiento jurídico se convierte en un mero reglamento para aquel que debe cumplirlo y hacerlo cumplir. La conveniencia supone el cáncer interno de la intangibilidad de la lex. Sólo aquel que crea en esa intangibilidad podrá creer en la lex.

Estas consideraciones acera del concepto de ley pueden parecer excesivamente abstractas y teóricas, pero muy por el contrario se materializan en infinidad de concreciones sociales y personales. Según el concepto que uno tenga de ley será distinto el modo de legislar, el modo de hacer cumplir esa ley, y el modo de cumplirla uno mismo. Todo este recorrido que he hecho a través de la dialéctica entre voluntas y lex nos lleva a reconocer que hay muchos teóricos del Derecho que consideran a la lex más como voluntas que como lex.
Dicho de un modo más claro, en un cosmos en que todo orden fuera aparente, fruto de una mera convención cultural, el Derecho no sería más que un espejismo, un orden precario y artificial, una isla tambaleante en medio de un cosmos regido por la ley de un orden meramente aparente. Sólo el hombre que cree que hay un fundamento absoluto para la ley puede hacer un sacrificio absoluto por la ley y puede pedir a sus ciudadanos que se sacrifiquen de modo absoluto por la ley.

La ley debe ser inflexible. La ley por su propia naturaleza es ciega e inflexible, es como una fuerza que una vez creada es abandonada a su propia autoridad. El problema proviene de hasta qué punto el Estado cree que en la misma inflexibilidad del orden de las cosas. La ley no puede pedir actos heroicos si toda una sociedad no cree en el valor de la heroicidad. Y la heroicidad sólo es razonable si existe un valor absoluto por la cual llevarla a cabo. De ahí que el razonamiento no admite lugar a dudas, sin fundamento absoluto para el Derecho no hay inflexibilidad de la ley, no hay capacidad para pedir inflexibilidad de la ley.

Como ejemplo de esta degradación natural del Derecho y del modo de aplicarlo puedo aducir el caso reciente de un juez en este país que a una persona que le pegó una paliza a otra, le condenó a limpiar cristales. El juez explicó que le había impuesto esa pena para que el condenado tuviera que mirarse una y otra vez. Podría dar una larga lista de sentencias que parecen irreales dados los delitos, los terribles daños que se infligieron a personas inocentes. Podría también dar una larga lista de ocasiones en que un Becket, un Tomás Moro o tantos otros inmolaron su vida por la defensa de la ley, por defender la intangibilidad de la ley frente a la voluntad disfrazada de ley. Pero no es necesario aducir listas de momentos heroicos y de momentos mezquinos. La degradación del Derecho es fruto inevitable de la misma concepción del orden de las cosas que uno tenga.

Somos esclavos de la ley para no ser esclavos de la voluntad de otro hombre. El Estado que tiene respeto por sus leyes es un Estado que se respeta a sí mismo. Y viceversa, el Estado que no tiene respeto por su leyes es un Estado que no se respeta a sí mismo. La ley, el Estado de Derecho es el orden de la razón. Todo esto esto suena maravilloso, pero estos conceptos sólo tienen la fuerza que le demos a esos conceptos. El concepto de ley al final depende de otros conceptos. Y, en definitiva, el argumento lógico de la primera vía de Santo Tomás de Aquino acerca del fundamento último se aplica férreamente, no sólo al mundo material, sino también al mundo de los conceptos. Unos conceptos dependen de otros, los conceptos también se pueden degradar, también pueden caer en el vacío si nos retrotraemos unos cuantos pasos lógicos atrás. Al final el concepto de ley es mucho más objetivo de lo que algunos pueden imaginar. Todos defendemos la ley, pero no todos son plenamente conscientes de hasta que punto la ley es auténtica y verdaderamente ley.

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