¿QUÉ ES UN MONASTERIO?


No es tarea fácil decidir por donde dar comienzo a la explicación de qué es un monasterio. Y no es fácil porque son tantos los caminos que uno puede emprender para dar tal explicación, son tantas las facetas que pueden ser abordadas, que siempre dará la impresión de que el autor está cayendo creación subjetiva más que en la explicación.
Al explicar qué es un monasterio voy a comenzar explicando lo que es un monasterio de forma general y abstracta, y por lo tanto ideal. Ya que todo monasterio trata de ser la realización concreta y material de un ideal. Los defectos e imperfecciones que alguien pueda encontrar al visitar y vivir en un monasterio real en nada desdicen lo que voy a decir a continuación. Puesto que incluso el peor y más defectuoso monasterio que podamos encontrar en el orbe, no trata otra cosa que lograr la realización de ese propósito de perfección.


La Regla de San Benito da comienza con las siguientes palabras:

Escucha, hijo, los preceptos del maestro, e inclina el oído de tu corazón, y recibe con gusto la instrucción de tu Padre que te ama, y ponla por obra. De modo que vuelvas por el trabajo de la obediencia a Aquel de quien te alejaste por la desidia de la desobediencia. A ti pues se dirigen ahora mis palabras, cualquiera que seas que renunciando a tu propia voluntad, militarás bajo el estandarte del Rey y Señor Jesucristo, y que tomas las fortísimas y preclaras armas de la obediencia.

En este pasaje está incluida la esencia del monaquismo. El que entra en un monasterio no trata otra cosa que de volver a Dios, de desandar el camino del pecado para un encuentro. Y ese camino se recorre bajo una obediencia, una obediencia a una regla de vida. La vida monacal tiene dos aspectos: un aspecto ascético y otro místico. La parte ascética de la vida monástica trata de rectificar todo lo que hay de torcido en la vida espiritual del monje al entrar en religión. La parte ascética se encamina a controlar las pasiones, las malas inclinaciones, a ir disminuyendo la cantidad e intensidad de los pecados. El ascetismo implica lucha, una lucha interna que debe ser progresiva. El monje debe erradicar de si las faltas mortales, después debe luchar contra los pecados veniales, y finalmente debe intentar que no se halle en él ni siquiera imperfección moral. Por otro lado debe ir vaciando todo su ser de lo que no sea Dios. No sólo debe vaciarse de lo malo, sino incluso de aquello que no siendo malo es un obstáculo para la unión con Dios.

El aspecto místico de la vida del monje es la acción de la gracia divina en su alma. Dios le irá dando a entender a través de la oración quién es El, y de ese conocimiento surgirá un mayor amor hacia Dios. El ascetismo no tendría ningún sentido si no fuera una preparación para la unión con Dios. El duro tenor de vida que hay en un monasterio no es un fin en si mismo, es tan solo un medio, un camino de unión con la trascendencia.

¿Y cuáles son esas "armas" que toma el monje? Pues esas armas son la oración, la obediencia a un superior, la comida austera, la castidad perfecta, el silencio, la humildad, la pobreza, vivir siempre en el monasterio, trabajar en la presencia de Dios, etc. Se les llama armas porque según la tradición monástica el monje tendrá que luchar contra sí mismo y contra los espíritus de la tentación. De esta manera el monaquismo es una milicia.

Como se ve el monaquismo implica una visión de la remuneración escatológica muy distinta de la concepción protestante. Los protestantes postulan que el premio en el Reino de los Cielos es igual para todos. Lo importante es salvarse, y ya está. El premio será igual tanto si has sido un rufián como si has sido una persona buena y caritativa.
La visión católica defiende que el premio en el Cielo será acorde a las obras de cada uno. Todos verán a Dios, pero cada uno recibirá de Dios de acuerdo al bien que hizo cuando estuvo en el mundo. De ahí que la fe católica ha encarecido siempre la práctica de las buenas obras. Abrazar la vida monástica trata de ser un modo de vida que nos encauce hacia el ejercicio de todas esas buenas obras. Por eso en el protestantismo no hay monasterios, puesto que en su teología no hay lugar para una santificación. En Lutero el hombre está corrompido por naturaleza, en la concepción católica el hombre está tan solo inclinado al mal, y además cabe la regeneración de todo su ser hacia un estado de plena bondad viviendo en Cristo. El monje como se ve participa de este optimismo antropológico.

El capítulo IV de la Regla de San Benito 1 se titula De los instrumentos de las buenas obras. Parte del citado capítulo, uno de los más interesantes de toda la regla, dice así:

El primer instrumento es amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas.
Luego, amar al prójimo como a sí mismo. No matar. No fornicar. No hurtar. No codiciar. No levantar falso testimonio. Honrar a todos los hombres. No hacer a otro lo que no quiere para sí. Negarse a sí mismo para segur a Cristo. Castigar el cuerpo. No darse al regalo. Amar el ayuno. Socorrer a los pobres. Vestir al desnudo. Visitar a los enfermos. Enterrar a los muertos. Socorrer al atribulado. Consolar al afligido. Aborrecer la conducta y máximas del mundo. No anteponer cosa alguna al amor de Cristo. No dejarse llevar de la ira. No guardar ocasión de venganza. No tener dolo en el corazón. No dar paz fingida. No abandonar la caridad. No jurar, para no exponerse a jurar en falso. Decir verdad con el corazón y con la boca. No volver mal por mal. No hacer a otro injuria, y recibir con paciencia la que hicieren. Amar a los enemigos. No volver maldición por maldición, sino bendecir a los que nos maldicen. Sufrir persecución por la justicia.


No ser soberbio. No ser dado al vino. No ser voraz. No ser soñoliento. No ser perezoso. No ser murmurador. No ser maldiciente. Poner toda su confianza en Dios. Cuanto viere en si de bueno, atribúyalo a Dios y no a sí. Y al contrario, impútese siempre a sí, y no a Dios, lo malo que hubiese hecho. Temer el día del Juicio. Temblar con la memoria del infierno. Suspirar con todo el corazón por la vida eterna. Tener todos los días presente la muerte. Velar en todos los instantes sobre la propia conducta. Estar firmemente persuadido de que no hay lugar alguno en que Dios no le esté mirando. Estrellar los malos pensamientos que le combaten en Jesucristo.

Cuando se funda un monasterio lo que se trata de crear es una burbuja en la que dentro de ella todo lleve a Dios. Una burbuja en la que el ojo, la vista y el oído de los que la habiten se encuentren con cosas que les atraigan al Creador. Un lugar de encuentro con el Altísimo, un lugar para su escucha. El monasterio se convierte en una restauración del Paraíso perdido. Allí la progenie de los redimidos en Cristo tratan de continuar la amistad con Dios que se perdió en Adán. El monasterio se convierte así en el lugar de una lucha y de un encuentro. Una lucha contra las propias pasiones, el pecado, y la inclinación innata al mal que existe en todo ser humano. Y por otro lado, en un encuentro con un Ser sobrenatural, espiritual y docente.

Fruto de esa diaria enseñanza divina debería darse una cada vez mayor caridad entre los miembros de la abadía 2. De ahí que el monasterio deberá convertirse en una perfecta armonía, en una muestra del orden divino. Un orden comunitario que se trasluce en el trabajo y en la misma arquitectura. La arquitectura material se torna símbolo de ese orden espiritual. En el monasterio todo lo material es significante de una realidad trascendente. En el monasterio todo, hasta los cerdos que se críen en él, son una enseñanza del Creador y un medio para la unión con la Trinidad. En el microcosmos de una abadía ya no hay obstáculos para esa unión, todo, hasta lo menos bueno, son elementos de un orden divino. Hasta los ínfimos elementos de ese orden son instrumentos para la gloria de Dios. Hasta los pecados y faltas de caridad de los hermanos se convierten en parte integrante de esa lucha ascética.

El monasterio se convierte así en el nexo entre el mundo material y el mundo espiritual. Los ángeles, santos, las realidades de la gracia, la Santísima Trinidad, pasan a ser elementos tan reales, tan cotidianos, como la fuente en medio del claustro, los pájaros en el jardín o la propia celda. El monje es el punto de unión entre el mundo material al que pertenece su cuerpo, y el mundo espiritual al que pertenece su alma.

El monje debe convertirse en un ángel encarnado en un cuerpo humano. Sin embargo, ese proceso que debe culminarse durante años no impide que ese hombre por muy lejos que llegue en ese camino de perfección sienta en si las punzadas de la desobediencia, del egoísmo, de la lujuria, del rencor, de las tentaciones contra la fe. Es más, cuanto más avance por el camino espiritual mayores serán las pruebas espirituales a las que tendrá que hacer frente.

Tomás de Kempis en su libro La disciplina claustral escribía en el capítulo II:

Por más que el monasterio esté en la soledad, no estás, con todo,, libre de tentación, pues el Diablo tentó en el desierto a Cristo, que estaba lleno del Espíritu Santo. Por consiguiente, mientras vivas es necesario luchar contra las asechanzas del Diablo y las propias pasiones. (...) Te tienta en el coro para que reces con hastío y atiendas poco al sentido de las palabras. Hace volver a la mente las imágenes de las cosas exteriores que anteriormente has visto y oído para quitarte el fruto de la oración y hacerte el coro pesado.
Te tienta en el refectorio para que comas más o más exquisitamente o murmures de algún defecto.
Te tienta en la celda para que trabajes con desidia, o rara vez ores, o leas poco, y salgas pronto de allí, y te pongas a charlar, y regreses tarde.
Te tienta en el tiempo de silencio para que hables sin permiso; y si se puede hablar, en seguida te estimula a lo vano y perjudicial para que manches la conciencia y ofendas a tu hermano.

Todo este mundo espiritual contenido entre los muros del monasterio es lo que hace que sea tan fascinante a los ojos de todo el mundo, creyente o no creyente. Un comunista convencido, ateo perfecto (y familiar mío, por más señas) me comentaba un día como volviendo de París desvió su coche para entrar en el monasterio cisterciense de Poblet. Allí asistió al rezo de vísperas de los monjes. Su conclusión admirada fue "aquello que contemplé valía más que todo lo que vi en el Follie Vergere". Incluso aquella persona creyente sin dudas en el materialismo ateo percibía la "alteridad" de ese otro mundo. En el mundo hay muchas cosas, pero el mundo monástico es "otra cosa". Un mundo regido por unas leyes completamente distintas al del resto del mundo, un mundo supramaterial inserto en nuestro mundo material.

Asimismo el atormentado Miguel de Unamuno escribió 3: ¡Felices aquellos cuyos días son todos iguales! Lo mismo les da un día que otro, lo mismo un mes que un día, y un año lo mismo que un mes. Han vencido al tiempo; viven sobre él y no sujetos a él. No hay para ellos más que las diferencias del alba, la mañana, el mediodía, la tarde y la noche; la primavera, el estío, el otoño y el invierno. Se acuestan tranquilos esperando el nuevo día y se levantan alegres a vivirlo: Vuelven todos los días a vivir el mismo día: Rara vez se forman idea de su Señor, porque viven en El y no lo piensan, sino que lo viven. Viven a Dios, que es más que pensarlo, sentirlo o quererlo. Su oración no es algo que se destaca y separa del resto de sus actos, ni necesitan recogerse para hacerla porque su vida toda es oración. Oran viviendo. Y por fin mueren como muere la claridad del día al venir la noche, yendo a brillar en otra región. ¡Santa sencillez!

Vista de forma genérica la esencia de un monasterio pasemos a considerar algunos aspectos particulares.

LA ORACIÓN

El monje entra en religión para hallarse en un lugar que en nada distraerá su mente de la oración continua. Ya coma, ya charle tranquilamente, ya trabaje, todas sus acciones son acciones que no interrumpen esa unión con Dios. Sus manos deben trabajar pero su mente debe conversar con Dios. Hay gente que piensa que los monjes se dedican sólo a orar. Tal cosa es imposible. El trabajo, la oración y los ratos de descanso se suceden unos a otros. La oración asimismo es muy variada: unas veces como conversación, otras como meditación, otras como oración vocal.

Cada monje ora lo que sienta que el Espíritu le pide. La oración es algo personal y nadie le va a exigir nada en ese campo. Si bien la comunidad ora comunitariamente varias veces al día. Siete veces al día todos los monjes se reúnen en el coro de la iglesia y allí cantan la liturgia de las horas. En el comienzo, los monasterios benedictinos sólo celebraban la Misa dominicalmente. Se consideraba, la Misa, unos misterios tan sagrados que debían celebrarse sólo en días sagrados (domingos y solemnidades). Incluso en la baja Edad Media y en la Edad Moderna hallamos como cosa habitual en muchos clérigos y prelados una celebración de la Misa no era de ningún modo diaria. Y tal práctica por reverencia, ya que así fue el proceder varios santos canonizados.

Por otro lado se consideraba que la oración del monje era la oración litúrgica. Fuera de la oración comunitaria el monje orará con su mente durante el trabajo, durante la lectio (lectura de libros espirituales) y en el resto de circunstancias del día. San Benito, tan escrupuloso en detallar todos los actos del día, ofreciéndonos todas las variantes del verano y del invierno, al tocar el tema de la oración personal del monje lo hace de pasada diciendo sit pura et brevis (sea pura y breve). Y sin reservar ningún tiempo del día para tal ocupación.

Ello no significa que se valorara en poco la práctica de la oración mental. Se consideraba que la oración personal debía ser como la respiración, algo sin interrupción. Pero será sobre todo a partir del siglo XVI cuando su práctica se irá sistematizando en duración y método.

En todos los monasterios la liturgia de las horas, llamada oficio coral, tiene una importancia central. Se considera que la comunidad realiza una labor de alabanza ante Dios. Una alabanza que se reparte a lo largo de siete horas canónicas desigual duración. Antiguamente era el rezo sólo de los salmos, actualmente se han añadido ciertas preces y otros textos de la Sagrada Escritura. Actualmente esos oficios corales cantados no ocupan durante el día más mucho más de tres horas.

En la poderosa y poblada abadía de Cluny, en sus momentos de mayor esplendor, se llegó a implantar incluso la alabanza continua. Todo el día resonaban las alabanzas al Creador en el coro, cuando unos monjes acababan sus oficios corales otros entraban a comenzar los suyos.


EL TRABAJO

Ora et labora, San Benito advierte en la Regla que es verdaderamente monje aquel que se mantiene del trabajo de sus manos. Los monasterios precisaban de limosnas tan solo en el momento de su fundación. Las comunidades realizaban esencialmente labores agrícolas y ganaderas, además, por supuesto, del trabajo del scriptorium haciendo copias de libros. Las comunidades femeninas siempre se han dedicado de un modo especial a las labores textiles. Las monjas bernardas de Alcalá, hasta la mitad de este siglo XX, se ganaban su pan con labores de lavandería, de costura y de planchado.

En los últimos 30 años la agricultura a pequeña escala ha dejado de ser rentable. El monasterio podría alimentarse a si mismo con su trabajo, pero no lograría beneficios para pagar el resto de gastos. De ahí que poco a poco las comunidades han ido abandonando los trabajos agrícolas para dedicarse sobre todo a labores de contabilidad de bancos y empresas. Los monasterios, tanto masculinos como femeninos, son muy requeridos para estos trabajos, pues además de ser de confianza, no cuentan entre sus costumbres la huelga.

VIDA MORTIFICADA

Algunas personas que conocen los monasterios sólo por las películas, piensan que la vida en los monasterios es una vida de descanso, de buen comer, de poco trabajar y en definitiva de buen vivir. Tal concepción se estrellaría con la realidad con una estancia de un par de días en una hospedería. La vida en un monasterio es una vida mortificada.

Vivir en un monasterio una semana no cuesta nada. Lo difícil es vivir varios decenios. La persona que profesa perpetuamente sabe que nunca más podrá dormir a pierna suelta, sino que tendrá que levantarse a hora fija, fines de semana incluidos. Sabe, además, que por mucho que le guste un determinado dulce o un determinado plato, tendrá que conformarse con lo que le den. La radio, la televisión, en muchos monasterios están excluidos. Además, obedecer a alguien que te cae bien es fácil, pero es muy duro obedecer a alguien cuando te cae mal. Entrar en una abadía supone renunciar al cine, a la mayor parte de la música, a los viajes, y sobre todo a crear una familia. Es una renuncia al amor humano esponsal, para volcar el corazón entero en Dios. Es renunciar a los deleites del mundo para dedicarse a lo único necesario.
En verdad que entrar en un monasterio es enterrarse en vida. Así ha sido entendido por aquellos que han pasado por un noviciado monástico. Y no en vano el final de la Regla de San Benito acaba con estas palabras:

Perseverando en su enseñanza hasta la muerte en el monasterio, participemos en los sufrimientos de Cristo a través de la paciencia, de modo que merezcamos ser participantes de su Reino.

La vida del monje es una participación en los sufrimientos de Cristo. Y de hecho ha habido una constante voluntad por parte de los abades más celosos, de que en los monasterios se viviera bastante peor que fuera de ellos. Una calidad de vida superior hubiera provocado la afluencia de un aluvión de falsas vocaciones que hubieran destruido el sentido del ser de la comunidad.

LA HUMILDAD

Siglos de tratados teológicos explicarán que la causa de la introducción del pecado en la creación fue la soberbia. De ahí que los autores espirituales dirán que si el pecado entró por la soberbia, la virtud habrá de ser introducida a través de la humildad. Además, uno de los grandes peligros del asceta es la soberbia. El asceta es tentado o por el desaliento de la aridez espiritual (llamada demonio meridiano 4) o por la soberbia. Y a veces por ambas cosas al mismo tiempo. De ahí que ha de ser constante la vigilancia para erradicar todo brote de soberbia. San Benito en su capítulo VII explica que en un monasterio son doce los grados de la humildad:

El primer grado de humildad consiste en que, teniendo el monje siempre presente el temor de Dios no olvide ni deje borrar jamás de su memoria cosa alguna de cuanto Dios le tiene mandado; y repasando en su corazón las penas del infierno que merecen los que le desprecian, y la vida eterna que está preparada para los que le temen, y absteniéndose por este medio en todo tiempo de los pecados y vicios de los pensamientos, de la lengua, de las manos, de los ojos, de los pies y de su propia voluntad, trabaje sin intermisión en cortar las inclinaciones y deseos de la carne. (...)

El segundo grado de la humildad consiste en que no ame el monje su propia voluntad, ni se deleite en cumplir sus gustos. (...)

El tercer grado de la humildad consiste en sujetarse por amor de Dios al prelado con una obediencia sin límites. (...)

El cuarto grado de la humildad consiste en que mandándole al monje cosas duras y penosas, y aún haciéndole cualesquiera injurias, se arme de paciencia, y sufriendo no se canse ni desista. (...)

El quinto grado de humildad es descubrir a su abad por una humilde y sincera confesión los malos pensamientos que le sobrevengan, y las faltas ocultas que hubiese cometido. (...)

El sexto grado de la humildad consiste en que el monje viva contento por más que le humillen y abatan. (...)

El séptimo grado de la humildad consiste en que no sólo publique el monje con su boca que es el último y más despreciable de todos, sino que así lo crea en lo íntimo de su corazón. (...)

El octavo grado de la humildad consiste en que nada haga el monje sino lo que le ordenen las leyes comunes del monasterio o persuada el ejemplo de los mayores.

El noveno grado de la humildad consiste en que de tal modo reprime el monje su lengua, que guardando silencio, nunca hable hasta ser preguntado. (...)

El décimo grado de la humildad consiste en que el monje no sea fácil ni propenso a reír, porque está escrito: El necio, en la risa levanta la voz.

El undécimo grado de la humildad consiste en que cuando hablare el monje, lo haga con suavidad y sin risa, con humildad y modestia, hablando poco y al caso. (...)

El duodécimo grado de la humildad consiste en que el monje conserve la humildad, no sólo en lo interior, sino también en su exterior a todos cuantos le vean. (...) Juzgándose reo a todas horas por sus pecados, piense que se halla ya en el tremendo juicio de Dios. (...)


Como se ve la humildad, como el resto de las virtudes, se considera sujeta a una escala progresiva. La obediencia que tanto se encarece es, en definitiva, un modo de humildad. Y todas las prácticas religiosas del monasterio (ayunos, penitencias, vida austera) son en cierto modo un sometimiento y una humildad ante la Divinidad.
El carácter progresivo de la consecución de esta y de todas las virtudes implica que el monje no es alguien perfecto, sino alguien que ha pedido la admisión a la comunidad en busca de esa perfección. En el capítulo I de la Regla se dice "vamos a instituir una escuela en la que se enseñe a servir al Señor". De ahí que del monasterio se excluya sólo, no al que es imperfecto, sino al que por sus actos manifiesta que ha renunciado a luchar por lograr esa perfección.

LA ARQUITECTURA DE UN MONASTERIO

El monasterio es un lugar material, la arquitectura del monasterio debe estar al servicio de la gloria de Dios y del bien de las almas. Hemos dicho antes que en la Regla de San Benito se especifica con claridad que el monje es un soldado que milita bajo las armas del Rey de reyes. Dentro del monasterio el lugar donde mora Jesucristo como un rey en su palacio es la iglesia. Por muy pobres que sean el resto de las estancias que habitan los monjes, la iglesia debe ser lo más grandiosa que permitan las fuerzas de la comunidad. Es allí, en presencia del Rey, donde los monjes cantarán sus alabanzas siete veces al día como dice el salmo.

La iglesia en uno de sus costados tiene una puerta que da al claustro. El claustro es expresión del orden y la belleza de la vida monástica. El jardín que engarza trata de representar simbólicamente un pedazo del nuevo jardín del Edén que es la vida religiosa. En el claustro el monje pasea orando, lee meditando y descansa charlando en los tiempos de recreación. La fuente, la vegetación, los capiteles historiados, todo es un como un libro cargado de simbolismos, cuya iconografía deberá aprender y releer una y otra vez en los largos años que le esperan. Alrededor del claustro se disponen el resto de las estancias: refectorio, la cocina, el dormitorio, la biblioteca, los talleres, el locutorio y los graneros. Las distintas estancias monásticas se van colocando o ampliando alrededor del claustro. Y cuando las estancias ya rodean completamente el muro exterior del claustro se continua edificando al lado de lo ya construido.

Esta visión de la arquitectura al servicio del espíritu es muy patente en las abadías cistercienses. Las disposiciones generales de son siempre las mismas; la planta de sus monasterios no varía mucho de un país a otro en los siglos XII y XIII. Ni pinturas, ni esculturas, ni vidrieras o pavimentos de color. Nada que pudiera distraer la atención del monje. La austeridad como marca distintiva del Cister. La arquitectura de un monasterio se convierte en instrumento para la unión con la Divinidad. El monasterio ha de ser un microcosmos de orden, por eso su arquitectura es en cierto modo un escrito.

El gran medievalista Georges Duby describía sus impresiones al entrar en contacto con los pergaminos que pertenecieron a la abadía de La Ferté, para realizar su tesis cuando todavía era un estudiante:

Algunos pliegos tienen más de un metro de largo (los cistercienses eran excelentes ganaderos, criaban corderos de gran tamaño en sus explotaciones piloto), son de grano muy fino (los cistercienses eran también excelentes artesanos). Sobre estas hojas hay líneas paralelas trazadas a puntilla con sumo cuidado para alinear las palabras latinas en perfecto orden. Los caracteres son admirables, la tinta de una calidad tan buena que parece haberse usado ayer. Lo que no era más que una simple herramienta de la administración 5 se había construido con la misma voluntad de rigor, de armonía, de perfección en su ejecución, de adecuación entre fondo y forma de la que procede la belleza que nos deja sin aliento cuando entramos en las iglesias, los claustros, los dormitorios, los graneros edificados por la orden del Cister 6.


CONCLUSIÓN

Muchas son nuestras desviaciones de Dios, sumo bien, porque, por la propia iniquidad y gran fragilidad, pronto nos deslizamos a desear las cosas inferiores y terrenas, las cuales no pueden saciarnos n tampoco permanecer con nosotros. Es, pues, necesaria una vuelta cotidiana a Dios, del cual muchas veces nos apartamos hacia nosotros amándonos desordenadamente; o también mirando vanamente a algunas criaturas o usando mal de ellas y preocupándonos más de las cosas temporales que de las divinas.

Tomás de Kempis, La disciplina claustral, cap III


La fascinación que nuestros contemporáneos sienten por los monasterios ha sido una fascinación compartida por aquellos que nos precedieron en siglos pasados. El asombro ante una comunidad monástica se da por igual entre creyentes y no creyentes. Es más, entre las personas que he conocido en mi ámbito familiar o de amistad más deslumbradas por este mundo se encuentran varios ateos. Y es fácil de comprender, pues se trata de un mundo de una complejidad, de una estética y de una profundidad incomparablemente superior a casi todo lo que nos rodea.

El mundo monástico es un mundo objetivo. Lo que los monjes son, lo que los monjes creen, aquellas prácticas que siguen, son cosas completamente objetivas. Umberto Eco con su famosa novela 7 es un ejemplo de reflexión acerca de su carácter objetivamente fascinante.
Afortunadamente los monasterios gozan de buena salud, y nuestra era postmoderna y bimilenaria contiene en si miles de abadías y prioratos. Algunas de ellas superan el centenar de miembros y sus casas son verdaderos laberintos arquitectónicos. Otras, perdidas en medio de los campos, cuentan con menos de una decena de monjes. Unas son comunidades intelectuales, otras se dedican a hacer quesos. Indudablemente la presencia de este variado mundo monástico hace más diversa y más rica la era que nos ha tocado vivir.

1 En nuestras explicaciones citaremos en estas páginas con abundancia esta obra porque la inmensa mayoría de los monasterios contemplativos de Occidente se han regido por esta regla. Por otro lado, esta es la regla que rigió el convento de las Bernardas de Alcalá.

2 Abadía y priorato no son lo mismo y por eso convendría explicar la distinción. Abadía es el monasterio que está bajo la autoridad de un abad. Priorato es el monasterio que está bajo la autoridad de un prior. Normalmente los monasterios se fundan como un priorato, dependiendo de otra casa madre. Y con el tiempo se van haciendo independientes. Al alcanzar el número de doce profesos perpetuos el prior adquiere el título de abad.

3 Diario Intimo (Madrid 1979) p.116-117

4 La llamada tentación del demonio meridiano consiste exactamente en la acedia, es decir en ese no hallar gusto en las cosas espirituales. Se trata de una fase del avance espiritual ampliamente descrita desde el principio del monaquismo. Con precisión podríamos definirla como el estado en el que se encuentra aquel que ha abandonado todo placer del mundo, y en un momento dado encuentra tan solo aridez en todos los ejercicios espirituales (oración, lectio, etc).

5 Se refiere a los escritos acerca de la contabilidad de la abadía.

6 Georges Duby, La Historia continua, Editorial Debate, Madrid 1993, pg28

7 Como casi todo el mundo ha visto la película y casi nadie ha leído la novela, hay que aclarar que la película tiene bastante poco que ver con el libro (salvo el título).

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