Sacro Imperio Germánico



José Antonio Fortea Cucurull

breve disertación acerca de la
imbricación del poder civil y el eclesiástico

 

Análisis del hecho histórico
......................................................................

El concepto de Sacro Imperio Romano Germánico es un concepto que se irá gestando a lo largo de varios siglos. Es un concepto que desde el siglo IX hasta el XVI va experimentar una profunda consolidación y que, incluso, va a recibir un refrendo pontificio generación tras generación.
La definición del concepto de Sacro Imperio Germánico es algo harto difícil pues se trata, más bien, de explicar una situación de hecho, una situación plagada de infinidad de matices y concreciones jurídicas y fácticas. Pero, de algún modo, podríamos afirmar que la situación de Sacro Imperio supone la máxima imbricación que ha habido hasta la fecha entre la espada espiritual y la material, por usar los términos de la bula Unam Sanctam de Bonifacio VIII. Todos tenemos claro el concepto de Iglesia y el concepto de Estado, son dos conceptos diversos y distintos, que tienen en el mundo real puntos de intersección. Pues bien, no es posible imaginar una situación de intersección mayor entre ambas realidades que la que se da en la época del Imperio Germánico.
En esta situación peculiar más que hablar de colaboración, concordancia y ayuda entre la Iglesia y las estructuras del poder civil, habría que hablar de una verdadera compenetración, imbricación e intersección entre ambas realidades.
El Papa el año 800 restaura el Imperio. Restauración que se produce bajo la formalidad de una coronación llevada a cabo por la persona y autoridad del Sumo Pontífice. Es el Papa León III el que con su autoridad está creando ex novo esta realidad de ámbito civil: el Sacro Imperio. En la antigüedad había existido el Imperio. Concepto político-jurídico que nace de la esfera civil y que circunscribe sus efectos a la esfera civil. Sin embargo, ahora en el año 800, el Sumo Pontífice está creando por su autoridad una realidad jurídica que no había existido nunca, es decir, es el ámbito religioso el que va a crear una figura jurídica de ámbito civil. En un mundo de reyes, en un mundo fragmentado, en una compleja realidad de términos geográficos independientes, se va a crear por parte del sucesor de Pedro el concepto de cabeza suprema temporal de la Cristiandad. Hasta entonces existía la realidad de la Cristiandad, en la que todos eran iguales. A partir de ese momento, y por voluntad papal, habrá un reino que ya no será un reino más, sino el Imperio, habrá un monarca que no será un rey más, sino el emperador. A los demás reyes los coronarán sus arzobispos, al emperador lo coronará el Papa.

El concepto de Sacro Imperio es un concepto tan importante, tan trascendental, que es seguro que León III no era plenamente consciente en la navidad del año 800 de que aquella institución iba a consolidarse del modo en que lo hizo. Probablemente, León III debió considerar que significase lo que significase el concepto de Imperio (y el Papa lo sabía muy bien), en la práctica, lo que le estaba concediendo a Carlomagno era tan solo un título más. Sin embargo, lo que no imaginó es que aquella realidad iba a arraigarse y fortalecerse del modo en que lo hizo. Los sumos pontífices iban a ratificar una y otra vez como cabezas espirituales de la Cristiandad aquella nueva figura del derecho político.

La coronación imperial no concedía más territorios, no concedía más prerrogativas al monarca del Imperio Germánico, no añadía ni un ápice de poder al que le habían concedido los Electores. No obstante, en la práctica la autoridad del emperador será sencillamente formidable: "rector Ecclesiae" y "rex et sacerdos" lo llaman al emperador los obispos francos en el sínodo de Francfurt (año 794), "piadoso vigilante de los obispos", lo denominará un cronista de San Gallen en la misma época. Los emperadores intervendrán hasta en las controversias dogmáticas (vg. en la del Iconoclasmo, la del Filioque, etc). El emperador llegará, incluso, a confirmar la elección de los sumos pontífices. Estos deberían prestar juramento de fidelidad al emperador (no de vasallaje) en presencia de sus legados. Carlomagno llegará a oficiar de diácono en la misa de su coronación revestido de una dalmática al lado del Papa en el altar.

A todo esto hay que añadir que si las cosas llegaban a las malas ambas esferas (la papal y la imperial) se sabían poseedoras de un poder mucho mayor del que en principio se les podría atribuir de un modo natural en sus respectivos ámbitos. En la práctica, los emperadores llegarán en varias ocasiones a suspender su obediencia al Sumo Pontífice colocando a otro obispo en Roma por vía militar. Por su lado, los Sumos Pontífices se sabrán poseedores, en la práctica, del poder de deposición de la cabeza temporal.

Nunca en la historia se había dado una situación en la que la cabeza espiritual se reconociera como poseedor de un poder fáctico capaz de anular al poder temporal. Nunca en la historia se había dado la situación en la que el poder temporal se supiera poseedor de una autoridad (cuasiespiritual) que de facto le permitiera hacer frente al Sumo Pontífice. En la Antigüedad, Constantino sería la única excepción a esta afirmación.

El emperador Enrique IV y el papa Gregorio VII protagonizarán la más espectacular lucha entre los dos poderes. Ambos poderes se combatirán encarnizadamente con todas sus armas. En la etapa final de esta lucha entre ambas personalidades del siglo XI, ya no se buscará ni la colaboración, ni el acuerdo, sino la desarticulación total del poder del adversario. Sin embargo, ambos sabrán que aunque logren la deposición del antagonista, tanto la institución papal como la imperial deberán subsistir. Era un hecho indiscutible el que se trataba de algo imposible el que la corona imperial pudiera asumir la tiara papal, ni la tiara la corona imperial. Esto demuestra que, incluso en los momentos de mayor imbricación de ambas realidades, todos (clero y laicos) tenían conciencia de que ambas esferas (la espiritual y la civil) no podían ni debían ser unificadas.

Es interesante observar también desde el punto de vista del derecho constitucional, como incluso en esa época en que todo está aparentemente tan mezclado el clero era consciente de que aunque el papado hubiera creado la figura del Sacro Imperio, no podía asumir sus funciones. El papado se había erigido en fuente de una autoridad (la imperial), pero no podía asumir esa autoridad, aunque sí retirarla.
El sucesor de Pedro había llevado hasta el extremo el poder de atar y desatar. Pedro había introducido su llave espiritual hasta lo más profundo del poder temporal, hasta su mismo centro, pero siempre consciente de que eran dos esferas, de que uno era David y otro Natán.


El final del Sacro Imperio Germánico coincide con el final del concepto de Cristiandad. La Cristiandad, como concepto, es quebrantada por la rebelión protestante. Desde ese momento ya no existe la Cristiandad, es decir, se destruye la unidad medieval que se designó con esa palabra . El Papa pierde en el siglo XVI a la Cristiandad, pues esta deja de existir. Y, por su parte, el Imperio también cesa. La última coronación imperial fue la de Carlos V en 1515. Muchos otros desde entonces, se autoproclamarán como emperadores. Pero la última concesión de ese título, la última coronación pontifica fue la de Carlos V. De manera que su renuncia a la dignidad imperial el 12 de septiembre1556 supone la abdicación del último emperador .
El Imperio nace en la Navidad del año 800 y desaparece el 12 de septiembre 1556. Por una ironía de la Providencia el primer emperador y el último se llamaron igual.

 

Consideraciones abstractas provenientes
del análisis del hecho de Sacro Imperio

..........................................................................

El análisis de lo que fue el Sacro Imperio Romano Germánico no deja de tener utilidad para el estudio del Derecho Concordatario, pues su estudio es como el análisis de lo que es la imbricación de la realidad civil y la eclesial llevada a sus últimas consecuencias. Y el estudio de los conceptos llevados a sus últimas consecuencias siempre da mucha luz acerca del camino que hay que seguir y del camino que hay que evitar. Pues aunque la realidad de Sacro Imperio ha desaparecido, hay normativas concretas y de ámbito reducido del Derecho Concordatario o de los pactos entre las iglesias particulares y los Estados que suponen una materialización limitada y reducida de esos esquemas sacroimperiales.
Ningún mal viene a la Iglesia de delimitar lo más posible las fronteras entre ambas esferas. Mientras que nunca, jamás, deja de ser peligroso para la Iglesia poner el pie fuera de la esfera que le es propia.

La frase de Jesucristo dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios es de una claridad meridiana y, en cierto modo, se le puede considerar el norte esencial que debe orientar en todo momento la creación del Derecho entre la esfera civil y la religiosa. La máxima en sí, es válida para todo Derecho entre ambas esferas, incluya la esfera religiosa las confesiones que pueda incluir.

Tenemos un césar y tenemos a Dios, ahora bien, las cosas comienzan a complicarse cuando tenemos un césar que es hijo (practicante, además) de la Iglesia, y un representante de Dios (el Papa) que además es el que le concede la autoridad de césar y que tiene entre sus atribuciones el deponer al césar (eso sí, por causas razonables). Cómo se ve el escenario para que todo se complique está servido. Y más servido está si a eso añadimos el que toda la sociedad era hija de la Iglesia. La entera sociedad civil se inscribía en la sociedad eclesiástica. De tal manera que el acuerdo entre la sociedad civil y la eclesiástica no era un acuerdo entre dos sociedades externas (la una de la otra) e independientes, sino entre dos sociedades circunscritas (la civil en la Iglesia universal) y dependientes. Vistas así las cosas la cuestión no es como han surgido tantos conflictos, sino cómo es que no han surgido más.

Analicemos uno de los muchos aspectos de esta situación. El Sumo Pontífice podía desvincular a sus vasallos del juramento de obediencia a un rey. ¿Le dio Cristo a Pedro el poder de retirar la autoridad civil de los príncipes? ¿Entraba dentro del poder de un obispo el retirar la corona? La cuestión es compleja, pero desde el punto de vista abstracto tal potestad no era una extralimitación del poder pontificio. El juramento del vasallo se hacía ante Dios, y era lógico que la cabeza espiritual de la Cristiandad, el representante máximo de Dios, pudiera atar y desatar las vinculaciones jurídicas de un acto que era espiritual, la voluntad de obligarse ante Dios a hacer algo, en este caso a obedecer a un señor.
Como se ve la argumentación teológica es impecable, pero a nadie se le escapan las consecuencias jurídicas (y por tanto políticas) de un acto de una desvinculación de ese tipo.

Añadamos a eso que el Papa podía ser súbdito del emperador, y el emperador hijo de la Iglesia. El conflicto de ambas jurisdicciones se podía dar en muchas facetas, en multitud de conflictos. Conflictos evitados por la existencia de un verdadero derecho concordatario (aunque no se le llamase de esa manera). Pero no otra cosa fue el corpus de normas que se fue articulando con los siglos entre ambas esferas. Si la lucha entre ambas esferas no fue continua, se debió a que ambas realidades se sabían conocedoras de unos derechos, que la otra parte reconocía con gusto o sin él.


Ahora bien, llegamos al punto en que debemos hacernos ciertas preguntas: ¿Es preferible la puridad de una separación plena y absoluta entre las dos realidades?

1. Dado que los dos ocupan el mismo tablero, es mejor la colaboración. Ya que si la relación se va a dar ineludiblemente, mejor es arbitrar de la manera más amistosa posible el modo en que se va a dar esa relación.

2. Podría pensarse que la separación plena es una ayuda para evitar intromisiones. Pero la experiencia demuestra que cuando un gobernante de verdad quiere inmiscuirse en la institución eclesial, pasará por encima de la separación existente entre las dos esferas. Las barreras legislativas nunca han sido un obstáculo infranqueable ante la decidida voluntad de poder absoluto.

De todo esto se desprende que si nos aplicáramos de forma estricta la no colaboración en pro de una separación pura y absoluta de las dos esferas, el resultado sería que con ello no íbamos a evitar la injerencia cuando el Poder tuviera una voluntad decidida de inmiscuirse. Y en las épocas no conflictivas nos estaríamos privando de los beneficios de una colaboración. La separación absoluta, por tanto, nos priva de beneficios ciertos y no evita futuras extralimitaciones del poder civil.
Por lo tanto, el ideal de las relaciones de la Iglesia con el poder civil no está ni en la separación y aislamiento más estricto, ni en la imbricación al estilo de la Iglesia en el pontifica de Gregorio VII. Lo mejor es siempre un término medio. Es decir, ponderar en cada momento qué es lo máximo que se puede conseguir sin que en contrapartida la esfera civil penetre en la esfera eclesiástica. El lema sería conseguir lo máximo, amurallar lo máximo. Conseguir de los gobernantes lo más que se pueda, y preservar los límites de la esfera eclesiástica completamente incontaminados. El poder civil siempre es el que da, porque en esta relación es el único que puede dar. Pero a cambio el poder civil siempre está deseoso de introducir su influencia más allá del límite que le es propio.

Por eso a la hora de hacer una valoración del Sacro Imperio en el campo del derecho concordatario, mi valoración no es negativa. ¿Es que era posible otra situación que la de la intersección de ambas esferas? Ambas esferas estaban en la realidad imbricadas, ¿cómo no lo iban a estar desde el punto de vista jurídico también? El Derecho refleja lo que existe en la realidad. Por eso tratar de imponer una separación como la que existe hoy día en Francia, a esa realidad medieval hubiera sido imponer una ficción jurídica que no se hubiera correspondido con el mundo real. Con lo cual el derecho hubiera ido por un lado, y la realidad por otro.
Digamos que la relación de las dos esferas en la edad media fue la que tenía que ser. Con unos pastores tratando de defender su esfera (y a veces extralimitándose en la civil) y unos monarcas tratando de defender su esfera civil (y a veces extralimitándose en la eclesiástica). Era un marco de derecho válido, perfeccionable y que de hecho funcionó con una larga duración en el tiempo.
Ese mismo marco se implantará a escala reducida en más reinos en esa misma época, y lo encontramos en otras épocas: la constantiniana, la del Imperio Español, la del régimen de Franco, etc.
Creo que para los juristas la enseñanza que da el análisis de los casos llevados al extremo (y el Sacro Imperio lo es) es admitir el posibilismo por un lado y los postulados de la teología eclesiológica por otro. Es decir, tratar de conseguir la mayor colaboración posible en cada momento, y por otro no contaminar los fines de la misma esfera eclesial.
El versículo dad al césar lo que es del césar y a Dios lo que es de Dios no significa que el césar y los representantes de Dios deban estar en compartimentos aislados e incomunicados, sino lo más estancos posibles.


Apéndice
.........................
Los Estados Pontificios

He dicho antes que el Sacro Imperio supone en el ámbito del derecho concordatario la culminación de una situación de colaboración entre la esfera del poder civil y la eclesiástica. Ahora bien, ¿no fueron los Estados Pontificios la culminación de esa realidad?
Pues hay que responder que no. Porque el concepto de Estado Pontificio anula la posibilidad de un derecho concordatario. En un Estado Pontificio no hay posibilidad para una colaboración entre ambas esferas, ya que es una de esas dos esferas (la eclesiástica) la que detenta directamente el poder pleno de la otra esfera. No hay, por tanto, a nadie a quien sentar en una mesa para pactar algo, ya que no hay dos partes, sino que una de esas dos esferas, la eclesiástica, ocupa el vértice la civil. El poder civil allí no podrá luchar para que el poder eclesiástico no invada ilícitamente sus influencias.
Ahora bien, ¿esa invasión fue ilícita? Indudablemente no. Ni desde el punto de vista del derecho jurídico medieval (se hizo a través de donaciones), ni desde el punto de vista eclesiológico. Desde el punto de vista eclesiólogico la existencia de esos Estados Pontificios fueron una salvaguarda de la independencia del Santo Padre.
Admitir la licitud de la existencia de los Estados Pontificios puede parecer un asunto desconexo con las conclusiones anteriormente citadas en esta disertación, pero no lo es. No lo es porque supone, que aun admitiendo la separación que debe existir entre ambas esferas (la eclesial y la del poder civil), la razón admite también la conveniencia de que se imbriquen ambas realidades. La conveniencia hizo que los Estados Pontificios ocupasen la parte central de la península italiana y la conveniencia hizo después que se redujera a su mínima expresión. En la Edad Media, nadie hubiera respetado en la práctica una soberanía reducida a su mínima expresión (y por tanto una soberanía reducida a un mero documento). En nuestra época, unos Estados Pontificios de la extensión geográfica que alcanzaron en la Edad Media, hubieran resultado insostenibles, socialmente insostenibles. De ahí, que la Iglesia en la relación entre ambas esferas mantiene los principios, pero practicando el principio de conveniencia. La conveniencia no por encima de los principios, pero sí los principios dentro de la conveniencia.


xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx


Cristiandad y Sacro Imperio
Teodosio 380 religión oficial
Los Estados Pontificios

En 1521 Carlos V divide el imperio con su hermano Fernando quién se convertirá
en el Archiduque de Austria con residencia en el Palacio de Hofburg en Viena.
Cuatro años más tarde heredaría Hungría y Bohemia.

En 1806 Napoleón obliga a Francisco II a abdicar del título de emperador del Sacro
Imperio Romano, siendo nombrado tan sólo como emperador de Austria con el
nombre de Francisco I.


Nombre: La restauración imperial del año
800
Época: Restauración occiden
Inicio: Año 800
Fin: Año 814
Antecedente:
Apogeo de los carolingios


La coronación imperial de Carlomagno es uno
de los grandes acontecimientos políticos del
Medievo y uno de los mayores mitos
político-religiosos del Occidente. Que un
germano como Carlos, dotado de indudable
capacidad pero con escasa sutileza para
comprender muchos de los entresijos teóricos
del poder, fuera elevado a tan alta dignidad
era un hecho revolucionario. Tanto más
cuanto el papa León III al depositar sobre sus
sienes la corona estaba claramente ofendiendo
los sentimientos de Constantinopla en donde,
desde el 476, se había refugiado la dignidad
imperial. En la restauración del 800 convergen
(según R. Folz, uno de los mejores
conocedores del tema) tres factores: la realeza
prestigiosa de Carlos, rey de francos y
lombardos, patricio de los romanos y brazo
armado de la Cristiandad; el rango casi
imperial que sus victorias le habían otorgado;
y las tradiciones de tiempos de Constantino
que el papa León III se esforzó en orientar
hacia el monarca franco. Que Carlomagno era
la máxima autoridad del mundo cristiano en
aquellos momentos parecía fuera de duda... al
menos para sus consejeros políticos. Así,
Alcuino de York, en una carta redactada poco
antes de la coronación, reconocía la existencia
de tres poderes por encima de todos: el del
Papa, el del emperador de Constantinopla y el
del rey de los francos. El primero estaba en
aquellos momentos atravesando graves
dificultades domésticas. En Constantinopla
gobernaba a la sazón una mujer (Irene)
esforzada en restañar las heridas que años
atrás había causado la querella iconoclasta. A
Carlos, por tanto, le cabía ser considerado
como el campeón de la Cristiandad. Los
"Anales de Lorsch" nos hablan de cómo el
papa León vio completamente lógico coronar
emperador a Carlos que dominaba en todo el
Occidente, incluida Roma en donde los
antiguos césares habían tenido la costumbre
de coronarse. El título imperial era, por tanto,
la culminación de un conjunto de honores que
la realeza franca había acumulado a lo largo
de medio siglo. Mucho se ha discutido sobre
el grado de protagonismo de los distintos
actores. Carlos posiblemente no consideró la
dignidad imperial más que como otro título
-por muy prestigioso que fuera- a añadir a los
que ya tenía y que le daban un poder más
tangible. El Papa pudo verse arrastrado por
los acontecimientos y desempeñó un papel
superior al que su posición en aquellos
momentos (al poco de ser sofocada una
revuelta romana contra él) le otorgaba. Sin
embargo, creaba un precedente: el de la
coronación papal como condición sine qua
non para que la dignidad imperial fuera
efectiva. Los gobernantes bizantinos que
vieron el gesto papal como una ofensa -un
verdadero golpe de Estado- no se resignaron
fácilmente a esta duplicidad de la autoridad
imperial. Sólo en el 812, el emperador
bizantino Miguel I consintió en reconocer a
Carlomagno como su hermano dando así el
primer paso para una futura coexistencia de
dos emperadores dentro de los límites del
antiguo Imperio romano. Sin duda a los
intelectuales que rodeaban a Carlomagno
habría que cargar la máxima responsabilidad
de la restauración del Imperio en el
Occidente. Pero ¿qué Imperio? El Imperio
era -forzosamente- romano pero, distintos
textos (caso de los "Libri Carolini") hablaban
de la muerte del Imperio romano
preconstantiniano. El único del que cabía
hablar era del Imperio de Cristo. A través de
la restauración del 800, los intelectuales
carolingios trataban de que la imagen de
Carlomagno enlazase más con la de
Constantino, primer emperador cristiano, que
con la de Augusto. El nuevo Imperio se
benefició ideológicamente de toda una
parafernalia en la que se mezclaban elementos
bíblicos y patrísticos. Así, si Carlos Martel era
equiparado a Josué y Pipino el Breve a
Moisés, a Carlomagno se le compara con
Josías y, sobre todo, con David. La unción de
los monarcas (sobre cuyo origen se sigue
especulando) concedía a éstos una suerte de
poderes sobrenaturales. Las "Laudes regiae",
pieza maestra de la liturgia galo-franca, dieron
a los francos conciencia de su destino y de la
excelencia de sus soberanos. El Imperium
Christianum renovado en el Occidente era
concebido como una comunidad de
creyentes, una especie de nuevo Israel. Sus
guerras no debían ser tanto para lograr
conquistas puras y simples como para
expandir la fe. De ahí la justificación por sus
ideólogos de campañas como las de Sajonia.
¿Imperio carolingio como una suerte de
transposición de la Ciudad de Dios en la
tierra? ¿Se podría hablar de un agustinismo
político en el sentido de que Carlos tomó la
obra del santo de Hipona como una especie
de manual político? Los ideólogos del Alto
Medievo habían insistido en la
compenetración de Iglesia y Estado como dos
dimensiones de una misma realidad social.
Carlomagno, en este sentido, había sido fiel a
la tradición de sus mayores de proteger a la
Iglesia y apoyar a los papas. Sin embargo, el
monarca y sus mentores ideológicos eran
también plenamente conscientes de su
superioridad. Catulfo en el 775 y Alcuino algo
más tarde no dudan en atribuir a Carlos -en
función de esa similitud con David -las dos
espadas: la temporal como soberano y la
espiritual para predicar la palabra de Dios. El
rey emperador -pese a sus limitaciones
intelectuales- fue así capaz de actuar,
emulando a sus colegas bizantinos, como un
legislador religioso. Y no tuvo ningún recato
en advertir al Papa en carta del 796 que no
era misión del rey el defender y propagar la fe
y misión del Papa, simplemente, elevar preces
al Todopoderoso para que tales objetivos se
alcanzasen. Veleidades cesaropapistas
posibles mientras que el Estado franco se
mantuvo unido. A partir del 814 la situación
en las relaciones de poder iba a pegar un
vuelco sensible.


xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx

Medieval Sourcebook:
The Law Licet Juris of The Frankfort Diet
of 1338 A.D.

The law Licet Juris amounts to the imperial riposte the claims of Boniface VIII, and a
declaration of the independence of secular authority.

(Altmann u. Bernheim, p. 38.)

Although the proofs of both 'kinds of law (civil and canon) manifestly declare that the imperial dignity
and power proceeded from of old directly through the Son of God, and that God openly gave laws
to the human race through the emperor and the kings of the world; and since the emperor is made
true emperor by the election alone of those to whom it pertains, and needs not the confirmation or
approbation of any one else, since on earth he has no superior as to temporal things, but to him
peoples and nations are subject, and our Lord Jesus Christ Himself ordered to be rendered unto
God the things that are God's, and unto Caesar the things that are Caesar's; because, nevertheless,
some, led by the blindness of avarice and ambition, and having no understanding of Scripture, but
turning away from the path of right feeling into certain iniquitous and wicked deceptions, and,
breaking forth into detestable assertions, do wage war against the imperial power and authority and
against the prerogatives of the emperors, electors, and other princes, and of the faithful subjects of
the empire, falsely asserting that the imperial dignity and power come from the pope and that he who
is elected emperor is not true emperor or king unless he be first confirmed and crowned through the
pope or the apostolic see; and since, through such wicked assertions and pestiferous dogmas the
ancient enemy moves discord, excites quarrels, prepares dissensions and brings about
seditions:-therefore, for the purpose of averting such evil, by, the counsel and consent of the electors
and of the other princes of the empire we declare that the imperial dignity and power comes directly
from God alone ; and that, by the old and approved right and custom of the empire, after any one is
chosen as emperor or king by the electors of the empire concordantly, or by the greater part of
them, he is, in consequence of the election alone, to be considered and called true king and emperor
of the Romans, and he ought to be obeyed by all the subjects of the empire. And he shall have full
power of administering the laws of the empire and of doing the other things that pertain to a true
emperor; nor does he need the approbation, confirmation, authority or consent of the apostolic see
or of any one else.

And therefore we decree by this law, to be forever valid, that he who is elected emperor
concordantly or by the majority of the electors, shall, in consequence of the election alone, be
considered and regarded by all as the true and lawful emperor; and that he ought to be obeyed by all
the subjects of the empire, and that he shall have, and shall be considered and firmly asserted by all
to have and to hold, the imperial administration and jurisdiction and the plenitude of the imperial
power.

Moreover, whatever persons shall presume to assert or say any thing contrary to these declarations,
decrees or definitions, or any one of them or to countenance those who assert or say anything; or to
obey their mandates or letters or precepts: we deprive them from now on, and decree them to be
deprived by the law and by the act and itself, of all the fiefs which they hold from the empire, of all
the favours, jurisdictions, privileges and immunities granted to them by us or our predecessors.
Moreover, we decree that they have committed the crime of high treason and are subject to all the
penalties inflicted on those committing the crime of high treason. Given in our town of Frankfort on
the 8th day of the mouth of August A.D. 1338.

from Ernest F. Henderson, Select Historical Documents of the Middle Ages, (London: George
Bell and Sons, 1910), 437-439


This text is part of the Internet Medieval Source Book. The Sourcebook is a collection of public
domain and copy-permitted texts related to medieval and Byzantine history.

Unless otherwise indicated the specific electronic form of the document is copyright. Permission is
granted for electronic copying, distribution in print form for educational purposes and personal use. If
you do reduplicate the document, indicate the source. No permission is granted for commercial use.

(c)Paul Halsall April 1996
halsall@murray.fordham.edu

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxx

Medieval Sourcebook: Gelasius I on
Spiritual and Temporal Power, 494

Letter of Pope Gelasius to Emperor Anastasius on the superiority of the spiritual over
temporal power: The pope's view of the natural superiority of the spiriitual over the temporal
power finds a clear expression the following remarkable letter of Gelasius I (494).

There are two powers, august Emperor, by which this world is chiefly ruled, namely, the sacred
authority of the priests and the royal power. Of these that of the priests is the more weighty, since
they have to render an account for even the kings of men in the divine judgment. You are also aware,
dear son, that while you are permitted honorably to rule over human kind, yet in things divine you
bow your head humbly before the leaders of the clergy and await from their hands the means of your
salvation. In the reception and proper disposition of the heavenly mysteries you recognize that you
should be subordinate rather than superior to the religious order, and that in these matters you
depend on their judgment rather than wish to force them to follow your will.

If the ministers of religion, recognizing the supremacy granted you from heaven in matters affecting
the public order, obey your laws, lest otherwise they might obstruct the course of secular affairs by
irrelevant considerations, with what readiness should you not yield them obedience to whom is
assigned the dispensing of the sacred mysteries of religion. Accordingly, just as there is no slight
danger m the case of the priests if they refrain from speaking when the service of the divinity
requires, so there is no little risk for those who disdain - which God forbid -when they should obey.
And if it is fitting that the hearts of the faithful should submit to all priests in general who properly
administer divine affairs, how much the more is obedience due to the bishop of that see which the
Most High ordained to be above ,ill others, and which is consequently dutifully honored by the
devotion of the whole Church.

translated in J. H. Robinson, Readings in European History, (Boston: Ginn, 1905), pp. 72-73


This text is part of the Internet Medieval Source Book. The Sourcebook is a collection of
public domain and copy-permitted texts related to medieval and Byzantine history.

Unless otherwise indicated the specific electronic form of the document is copyright.
Permission is granted for electronic copying, distribution in print form for educational
purposes and personal use. If you do reduplicate the document, indicate the source. No
permission is granted for commercial use.

(c)Paul Halsall Jan 1996
halsall@murray.fordham.edu

xxxxxxxxxxxxxx

Medieval Sourcebook: Gregory VII:
Dictatus Papae 1090

The Dictatus Papae was included in Pope's register in the year 1075. Some argue that it was
written by Pope Gregory VII (r. 1073-1085) himself, others argues that it had a much later
different origin. In 1087 Cardinal Deusdedit published a collection of the laws of the Church
which he drew from any sources. The Dictatus agrees so clearly and closely with this
collection that some have argued the Dictatus must have been based on it; and so must be of
a later date of compilation than 1087. There is little doubt that the principals below do
express the pope's principals.

The Dictates of the Pope

1.That the Roman church was founded by God alone.
2.That the Roman pontiff alone can with right be called universal.
3.That he alone can depose or reinstate bishops.
4.That, in a council his legate, even if a lower grade, is above all bishops, and can pass sentence
of deposition against them.
5.That the pope may depose the absent.
6.That, among other things, we ought not to remain in the same house with those
excommunicated by him.
7.That for him alone is it lawful, according to the needs of the time, to make new laws, to
assemble together new congregations, to make an abbey of a canonry; and, on the other
hand, to divide a rich bishopric and unite the poor ones.
8.That he alone may use the imperial insignia.
9.That of the pope alone all princes shall kiss the feet.
10.That his name alone shall be spoken in the churches.
11.That this is the only name in the world.
12.That it may be permitted to him to depose emperors.
13.That he may be permitted to transfer bishops if need be.
14.That he has power to ordain a clerk of any church he may wish.
15.That he who is ordained by him may preside over another church, but may not hold a
subordinate position; and that such a one may not receive a higher grade from any bishop.
16.That no synod shall be called a general one without his order.
17.That no chapter and no book shall be considered canonical without his authority.
18.That a sentence passed by him may be retracted by no one; and that he himself, alone of all,
may retract it.
19.That he himself may be judged by no one.
20.That no one shall dare to condemn one who appeals to the apostolic chair.
21.That to the latter should be referred the more important cases of every church.
22.That the Roman church has never erred; nor will it err to all eternity, the Scripture bearing
witness.
23.That the Roman pontiff, if he have been canonically ordained, is undoubtedly made a saint by
the merits of St. Peter; St. Ennodius, bishop of Pavia, bearing witness, and many holy fathers
agreeing with him. As is contained in the decrees of St. Symmachus the pope.
24.That, by his command and consent, it may be lawful for subordinates to bring accusations.
25.That he may depose and reinstate bishops without assembling a synod.
26.That he who is not at peace with the Roman church shall not be considered catholic.
27.That he may absolve subjects from their fealty to wicked men.

translated in Ernest F. Henderson, Select Historical Documents of the Middle Ages, (London:
George Bell and Sons, 1910), pp. 366-367

VOLVER