Los escrúpulos


Aunque esta palabra tiene varias acepciones en el modo de hablar habitual de la gente, para los confesores el término conciencia escrupulosa define a las personas que tienen una conciencia que les hace creer que continuamente están pecando, cuando de hecho no lo están.
Esto que puede parecer una cosa sin demasiada importancia se convierte en una verdadera tortura para los que padecen de escrúpulos. La persona sufre de un constante y perturbardor miedo a pecar acompañado de ansiedad, se pregunta si está haciendo bien las confesiones. Las confesiones se vuelven minuciosas y largas con acusaciones de circunstancias que no vienen al caso, y al final acaban por no tranquilizar a la conciencia. Si los escrúpulos son muy intensos y duran años, entonces tienen una causa patológica y el confesor puede remitir al penitente a un psiquiatra. Pero fuera de los casos en que se dan estas dos características (años e intensidad) los escrúpulos son sufridos en algún momento dado de la vida por casi todas las personas que han comenzado el camino de perfección. Ya lo decía el Cura de Ars que cuando una persona se decide a seguir a Cristo con todas sus fuerzas, el demonio le tentará de escrúpulos durante un tiempo para hacerle desagradable el seguimiento del Evangelio.

Este tipo de escrúpulos en unas personas duran semanas, en otras meses. Finalmente desaparecen de forma absoluta, de modo tan repentino como aparecieron. Son legión los santos que nos han relatado sus escrúpulos inacabables y torturadores. Nada tienen que ver con la enfermedad mental ya que son una prueba por la que tiene que pasar el alma que decide dedicar más tiempo a la oración y servicio de Dios. Y prueba de que no son enfermedad es que acaban de modo tan abrupto como empezaron.

El penitente, mientras sufre esta tortura del alma, debe obedecer ciegamente a su confesor. El confesor por su parte no debe dejar que se discutan sus órdenes, ya que en el caso de los escrupulosos no tienen sentido largas conversaciones para tratar de convencerle. El penitente quiere ser convencido, pero sus escrúpulos destruyen el más sólido convencimiento en un sólo minuto. Por eso las razones del confesor deben ser breves y sumamente claras, y después deben ir seguidas por órdenes tajantes. Por otro lado el escrupuloso no desea otra cosa más que órdenes, ya que éstas son las que le dejan tranquilo.

El confesor en los casos graves puede incluso ordenar al penitente que no confiese todos sus pecados. O incluso que haga una confesión parcial o incluso genérica. Por poner un ejemplo, bastará con que diga: he pecado contra el sexto mandamiento. Sin entrar en circunstancias ni detalles numéricos. Es lo que se ha denominado en los manuales para confesores como el privilegio del escrupuloso. Claro que esto se refiere a los casos más graves, ya que normalmente escrúpulos leves no requieren medios tan drásticos como los aquí descritos.
Para los casos no patológicos, sino transitorios y en los que el penitente obedece cabalmente al confesor, el sacerdote debe inculcar la idea de que los escrúpulos son una penitencia, un purgatorio. Y que mientras le obedezca los debe sufrir con la mayor paciencia que le sea posible, teniendo en cuenta, como explica San Juan de la Cruz en su Subida al Monte Carmelo, que suponen una poderosísima purificación del alma.

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