NABOT Y SUSANA
Nabot fue lapidado hasta la muerte. Nabot era un pobre hombre que se negó a vender su viña a Ajab, rey de Samaría (2 Re 21), razón por la que posteriormente dos hombres perversos testicarían en falso en el juicio en el que se le condenó a morir apedreado.Susana iba a ser lapidada hasta la muerte. Susana (Dan 13) se negó al adulterio, razón por la que dos hombres perversos testificarían en falso en el juicio por la que se le condenó a morir apedreada.
¿Por qué en un caso interviene Dios y Susana se salva, y en el otro no y Nabot muere? El paralelismo de ambos casos es más que evidente, el final de la historia es muy diferente: el interrogante surge de forma espontánea.
La respuesta la tenemos dada una y otra vez en el Antiguo y Nuevo Testamento: a Nabot le había llegado la hora, a Susana no. Si a Nabot no le hubiera llegado aún la hora de comparecer ante el Altísimo, Dios hubiera hecho algo y los perversos no hubieran triunfado. Si Dios tiene determinado que alguien viva, vivirá; por más que se empeñen en lo contrario los inicuos. Si Dios ha determinado que un alma debe ya comparecer ante él, nada lo podrá impedir. Un viejo capuchino me lo dijo hace muchos años: nadie muere en la víspera. Ya lo repetía el dicho popular: si no está de Dios, no pasará.
No ha llegado todavía mi hora, les dijo Jesús a sus Apóstoles. Efectivamente, cada ser humano puede estar muy tranquilo, ni un sólo pelo de su cabeza caerá si Dios no lo permite. El hecho de que en el universo exista un Ser omnisciente y omnipotente implica necesariamente que todo lo que sucede es conocido por El, y que cualquier cosa puede ser impedida por El. No hay nada que no pueda ser impedido por su poder, no hay nada que le coja de improviso. Dios mira el mal y el sufrimiento del mundo y no nos dice: no puedo evitarlo. Dios ha creado el universo con sus leyes, pero reservándose el derecho de actuar, de intervenir, incluso de intervenir extraordinariamente siempre que lo crea oportuno. No podíamos esperar menos de un Ser que además de infinito, es infinitamente bondadoso. De ahí que Dios es el gran jugador de ajedrez. Conoce la repercusión de cada jugada, conoce las infinitas posibilidades que se abren ante cada movimiento. Muchas veces no entendemos sus movimientos (queridos o permitidos), son de una inteligencia que nos sobrepasa, pero cada movimiento que sucede sobre el tablero tiene su razón de ser. Y si para salvar a un peón tiene que revolver medio tablero, no le importa hacerlo.
De la comparación usada una pregunta surge, si Dios es el más perfecto jugador de ajedrez: ¿contra quien juega Dios? La respuesta es que Dios no juega contra nadie. Dios no juega ni contra los acusadores de Nabot o de Susana, ni contra Hitler, no contra Stalin. Ha dejado el tablero en manos de los hombres, ha dejado sus movimientos en manos de su libertad y libre albedrío. Observa sus jugadas, los movimientos entre fichas, sus empresas, sus luchas nobles y menos nobles, cada ficha que se mueve por la cuadrícula. Pero no se limita a observar, interviene. El Espectador Infinito se reserva el derecho de intervenir incluso violando las más tenaces reglas que rigen en el tablero.
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