La obediencia sacerdotal


El sacerdote secular (a diferencia de los religiosos) no hace voto de pobreza. Cabe imaginar un sacerdocio en el que el celibato sea opcional. Cabe imaginar muchas cosas, muchas posibilidades, posibilidades lícitas de vivir y ordenar juridicamente el ejercicio del sacramento del orden. Pero lo que no cabe imaginar es un sacerdocio sin obediencia.

Entre los mismos sacerdotes hay muchas tendencias, espiritualidades, formas de ver las cosas, estilos y caracteres; pero una misma obediencia. Sin obediencia, la Iglesia se destruiría arrastrada por fuerzas contrarias y opuestas que habitan en su seno. Fuerzas internas que de por sí son positivas, pero que abandonadas a sí mismas, sin ningún freno que las moderara y encauzara, acabarían por transformarse en fuentes de destrucción. De ahí que la obediencia no es una posibilidad sino una necesidad.

Cualquier virtud puede ser llevada más allá de lo recto. El afán de pobreza dió lugar a la herejía de los fraticelli. El amor a la Sagrada Escritura dió lugar a la rebelión protestante. Desde Boff hasta Lefevre la lista de buenas intenciones que han llevado a lo no-recto es interminable. Y cada uno está seguro de tener toda la razón. Cada uno está seguro de que es el otro el que se equivoca.

Para complicar un poco más la situación cabe la posibilidad de que el que manda se equivoque. Cristo mismo que instituyó la obediencia en la Iglesia, sabía muy bien que el conferir esa autoridad no implicaba el recto uso de esa misma autoridad. Las posibilidades que ofrece este escenario son infinitas.
No obstante una cosa está clara: la virtud de la obediencia es voluntad de Cristo. Nadie sabe lo que cuesta la obediencia sacerdotal hasta que hay que ponerla en práctica contra nuestra propia voluntad en algo que sea especialmente querido. Muchos que se han mantenido intactos en la castidad, en la ortodoxia, en el ascetismo, no han podido resistir la tentación de la desobediencia cuando algo muy apreciado ha estado en juego.

Porque la virtud más difícil de ejercitar es la de someter el propio juicio, la de ser humilde. Pero Jesús se hizo obediente al Padre, y le obedeció hasta la muerte. Él, el Sacerdote por antonomasia, nos enseñó esta sagrada virtud. Y eso que esta virtud debe ser ejercida incluso cuando tengamos la más plena convicción de que el que manda se equivoca. El que desobedece siempre tiene el convencimiento de que es el otro el que se equivoca. El equivocado siempre es el otro. Lo maravilloso, lo que hace más valiosa esta virtud, es obedecer incluso persuadidos de que lo que se nos manda no es lo acertado. Entonces es cuando la virtud adquiere su mayor valor a los ojos de Dios. Y muchas veces será así. Pues ya hemos dicho que el que posee esa autoridad puede equivocarse tanto como el que obedece. Pero la obediencia lo hace todo por amor. Por amor no al superior, sino a Dios.

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